Anoté una oración que hizo Huang cuando quería conceptualizar nuestro objetivo. Y cito textualmente: «…Sí, creo en la necesidad de una unidad de criterios a nivel mundial, alimentados y modificados por las opiniones y los deseos de los más capaces». Yo haría una pequeña modificación, y diría: la necesidad de crear un grupo de criterios comunes, en vez de una unidad de criterios. Y para mí eso no es otra cosa que las constituciones de nuestras naciones.

¿Ustedes conocen la las constituciones de sus países? —preguntó, y se quedó en silencio esperando respuestas.

—Puntos específicos relacionados con mi labor en la inteligencia alemana —dijo Egbert.

—Igual —dijo Huang.

—También, puntos específicos para satisfacer curiosidades —dijo Enrique.

—Entonces no tienen idea de en qué nación viven o quieren vivir, me parece. Y el gran problema es que la mayoría de los habitantes (porque no merecen llamarse ciudadanos) de cualquier país seguramente las conocen menos que ustedes.

—¿Y tú conoces la de tu país? —preguntó Egbert.

—La de España, en sus enunciados generales. Debía saber hacia qué país me mudaba. El sistema de monárquico fue uno de las cosas que me llamaron la atención. Me parece importante la presencia de un personaje educado desde la niñez para entender la política, que no tenga presiones electorales y que sirva de unión entre las diferentes etapas de evolución en la sociedad. Le da equilibrio a los sistemas políticos. Y me gustaría agregar que la manera de pensar y costumbres del rey emérito pueden ser muy distintas a las del rey vigente, pero ambos me parecen personalidades valiosas para su momento histórico. No podemos pretender juzgar al rey emérito con las costumbres de hoy, como no podríamos juzgar a Julio César por casi acabar con la población gala o a un Simón Bolívar que dicto el Decreto de Guerra a Muerte.

»La constitución de Venezuela, sí. Y no porque sea distintos a ustedes. Simplemente porque me tocó vivir y crecer en la Venezuela del socialismo del siglo veintiuno. Ellos escribieron una nueva constitución, que tenía sus cosas buenas y malas, como todas. Quizás, muy de izquierda para mi gusto. Luego hicieron una constituyente, que es un proceso electoral para aprobar una nueva constitución, y fue elegida, aunque con una baja participación en el proceso… A pesar de que, para ese momento, Chávez era el profeta y santo preferido del socialismo internacional y de los ignorantes venezolanos. Eso fue en los inicios de su gobierno, y yo sólo era un niño. Pero lo significativo es después de que lograran la aprobación de su maravillosa constitución comenzaron a violarla continuamente, porque no se adaptaba a sus ideas totalitarias y criminales. En ese momento, la oposición venezolana comenzó a utilizar esa constitución, que el chavismo tanto había alabado, para demostrar toda su ilegalidad. Y ahí muchos comenzamos a leerla para saber cómo podíamos defendernos y demostrar al mundo lo que era realmente ese aclamado gobierno.

»Aclarado el punto, quiero expresarles que ese proceso de convulsión electoral que vivió Venezuela, para tratar de controlar los desmanes del gobierno, cuando la oposición todavía tenía algo de control sobre las otras instituciones, me permitió ver y entender precozmente cosas que a la mayoría se les pasa por alto. Mi papá fue voluntario en la recolección de firmas para solicitar un proceso revocatorio de Chávez. Hubo que hacer dos porque nos cambiaban las normas a medida que pasaba el tiempo. Luego fue voluntario en el revocatorio, que ganamos, por cierto, pero que luego fue reinterpretado como un plebiscito por el tribunal supremo de justicia, que ya pertenecía al chavismo. Explico: en la constitución chavista la norma dice que, si en el proceso revocatorio hay más votos por revocar al presidente que los que recibió al ser electo, inmediatamente debe ser destituido. Sin ningún aparte u otra explicación. Esa es la norma. Y eso fue lo que ocurrió: más votantes de los que lo habían elegido votaron porque Chávez fuera revocado. Pero, como en el revocatorio se hizo la pregunta de si quería revocar al presidente y hubo más “no” que “sí”, porque participaron más votantes que en la elección presidencial (algo que nunca se pudo explicar), el tribunal lo interpretó como un plebiscito, una votación simple de sí contra no, aunque en ningún lugar de la constitución aparezca eso. No había ningún soporte legal para lo que decidieron, pero ya la legalidad no le importaba al régimen. Sólo la apariencia de ser legal.

»Mi hermana y yo acompañamos a mi papá a todos esos procesos. Aunque no podíamos entrar en los centros de votación, porque éramos menores de edad, ayudábamos en las colas inmensas que se formaban en La Boyera, la urbanización de Caracas en que vivíamos. Llevábamos bebida a las personas de edad, las acompañábamos al carro, servíamos de mensajeros con la casa que coordinaba el centro. Gozábamos un mundo. Pero también me di cuenta que en las colas había gente que parecía más chavistas que los propios chavistas. Se coleaban; hablaban de dar golpes de estado, para hacerles pagar por la destrucción del País; de lincharlos a todos; de violar todas las leyes que supuestamente estábamos defendiendo. De hacer todo lo que criticábamos. Le comenté mi confusión a mi papá, y me mató con la clásica respuesta de que cuando creciera lo iba a entender. Que confiara en él, porque que en ese momento había que usar los votos de esas personas.

Todos sonrieron.

—Ya lo entiendo. Sé que el país que yo quiero poco tiene que ver con el país que pensaban la mayoría de los venezolanos. ¿Eso significa que yo no lo soy? ¿O que no lo son ellos? Hasta la Venezuela de los sesenta, setenta y noventa, que apreciaba y por la que luchaba mi papá, era una Venezuela sin futuro que yo no quiero. Y no me refiero a la forma de vida que llevaban, que era fantástica; me refiero al manejo de la política, de la economía y de las leyes. Ya soy capaz de verlo: no es casualidad que Chávez llegara al poder y conquistara la mente de los ignorantes. Claro, lo que nunca he entendido es que también conquistara la de los que se dicen intelectuales.

»Sé que hay también muchas costumbres, paisajes, platos que las personas consideran parte del nacionalismo. Para mí, Venezuela tiene mucho que ver con levantarme temprano y disfrutar el frio decembrino de La Boyera para ir al colegio; con comerme una arepa con pasta de hígado; con ir a Margarita a rumbear en semana santa, como decía Egbert; con el rally de Nuestros Ríos Son Navegables, que navega todos los ríos del sur de mi país. Ahora, ¿Para cuántas personas eso no es Venezuela? ¿Qué pasa con el que creció en Maracaibo y desayunaba viendo el Lago; con el que comía cachapas en vez de arepas, o no le gusta ni conoce la pasta de hígado; con el que no tenía lancha y nunca navegó ni conoció los ríos del sur de Venezuela? ¿En qué nos parecemos? ¿Quién es más venezolano?

»Lo único que puede definir nuestra nacionalidad es el grupo de normas que aceptamos respetar y que rigen nuestras vidas. Recuerdo una película, llamada Puente de Espías, al menos su traducción al español, en la que el abogado que interpreta Tom Hanks le hace ese razonamiento a un agente del FBI que le solicita que no cumpla la ley con la excusa de defender la nación. Una gran contradicción que el personaje de Tom Hanks le hace notar.

»Se dice que uno tiene derechos y deberes con una nación por haber nacido en el territorio que la contiene. Creo que esa es una norma heredada de nuestros orígenes animales, de las primeras civilizaciones y naciones, cuando los genes regían las normas y tenía significado para los líderes de una manada o nación el número de personas que la constituían, porque representaban el número de soldados, para defenderla, o el número de cazadores o trabajadores, para poner a producir sus recursos. Pero ya eso no tiene el mismo sentido. Si veintidós millones de venezolanos se pusieran de acuerdo para invadir Los Estados Unidos, sólo harían falta menos de una decena de norteamericanos para acabar con mi país. La tecnología y las máquinas de guerra acabaron con la necesidad poseer una gran población para defenderla. Igual sucede con la fuerza laboral obrera, que más temprano que tarde será sustituida por los robots. Así qué, ¿por qué otorgarle la ciudadanía a una persona que sólo va a ser una carga y que nunca va a aportar nada a la sociedad? Ya volveremos a eso.

»Básicamente, se entiende que una nación es un territorio limitado por otros. Cuando el ser humano vivía por lo que producía de su tierra, por la explotación de sus recursos naturales, eso parecía tener completo sentido. Ya el poderío de algunos imperios, como el Británico, nos había adelantado que eso no era totalmente cierto. —Era una islita que pudo conquistar medio mundo—. Pero, a partir de la revolución industrial es que eso se puede ver con más claridad. Japón, una de las naciones con menos territorio y recursos naturales es de las más ricas. Venezuela, que tiene un amplio territorio, petróleo, gas natural, bauxita, hierro, oro, diamante, plata, mucha agua dulce y decenas de ríos para generar energía hidroeléctrica es uno de los más pobres. La explotación de los recursos naturales es la base de las economías de los países subdesarrollados y pobres; la explotación del intelecto y de la tecnología es la de los desarrollados. El tamaño de la economía de Rusia, la nación más grande del planeta, con significativos recursos naturales, es igual a la de España. Me imagino que algunos de los habitantes de Silicon Valley se extrañarán cuando ven millonarias inversiones de dinero en la exploración de nuevas reservas de petróleo, mientras que ellos han facturado más viendo para el techo de su garaje o jugando video juegos. Lo que produce mayor cantidad de riqueza para una nación no son los recursos de un territorio, sino la gente capaz que la habita. Se quedó viendo por un rato la cara de interés en todos y continuó:

En este punto vuelve a tener importancia la cantidad de habitantes de un país, por dos razones distintas a las de nuestras anteriores civilizaciones: la primera es porque son un mercado de consumo, Y China creo que lo tiene muy claro; la otra es que son un reservorio genético. Vuelvo a explicarme: otra vez China, por simple estadística, debe tener más genios que el resto de los países; y esas son las personas con la capacidad de cambiar la historia de la humanidad. Quizás la otra que podía competir con ella es India, pero el sistema de castas lo entorpece todo.

»Probablemente va a ser mucho más rico el país donde resida la persona que logre la fusión en frío que todos los países juntos que forman la OPEP. Y digo donde resida y no donde nazca, porque algunos países, como Los Estados Unidos, siempre andan a la caza de talento, incluso del chino. Tienen claro que es importante invertir en la exploración de talento, aunque creo que no lo suficiente. Y ahí las garantías legales y libertad de expresión de un país tienen peso y son argumentos para capturar a las personas. En ese caso, China sale perdiendo, Huang. Ahora hizo una pausa para tomar un poco de agua. Sólo se escuchaban risas lejanas del festival que ocurría tras las puertas de Jorge y Enrique.

»Silicon Valley factura mucho más que las petroleras. Las empresas más ricas del mundo ya no son las manufactureras o las que explotan materias primas, Son Amazon, Facebook, Google y sus pares en China, que tienen más riquezas y trabajadores que muchos poderosos imperios de nuestro pasado.

»Probablemente habrá territorios en la web y en el metaverso más caros que en Nueva York o París. Facebook tiene más habitantes y consumidores que Alemania. Y quizás muchos de ellos conocen y respetan más esas leyes que las de su país… A lo mejor por el simple hecho de que pueden ser expulsados. Y ese es un punto que debemos tomar en cuenta.

»Creo que para el próximo lustro las personas pasarán más tiempo, de trabajo y entretenimiento, en espacios virtuales que en espacios físicos. Es más económico. Y eso cambiará aún más nuestras formas de consumo y disminuirá el uso de recursos naturales y la importancia de los territorios. Además, necesariamente y por mejoras tecnológicas, vamos a ser más eficientes en el uso de los recursos naturales.

»Tomando en cuenta todo lo que hemos expuesto, la pregunta que debemos hacernos no es si tienen sentido los nacionalismos o los patriotismos, los territorios y nuestra memoria, sino en qué nación queremos vivir. Y esa es la nación que deberíamos impulsar en cualquier parte del mundo, física o virtual, una vez que lleguemos a un acuerdo. El sentimiento de pertenencia a un territorio, a unas costumbres, a una idea es algo que llevamos muy dentro, como explicó Enrique. No creo que debamos buscar sicoanalistas para librarnos de ellos. Debemos usarlos de manera positiva.

»Estados Unidos de Norteamérica, aunque le moleste a todo el mundo, y no entiendo por qué, lo logró hace más de dos siglos. Un grupo de personas educadas soñaron con una nación y, entre sus desacuerdos, escribieron una constitución que uniera legal e ideológicamente una gran cantidad de territorios que podían optar por permanecer autónomos. (Sólo california podría ser el sexto país en PIB del mundo. Texas es más grande que Francia). Ahora, ¿cómo lo lograron? Ese es un caso que debemos estudiar.

»Y puedes argumentar que el caso de China es igual al de los Estados Unidos, Huang. Y te diré que no. Ellos se unieron porque lo eligieron libremente, no porque los obligaron. El caso Chino sería más parecido al imperio español o inglés, que terminaron desmoronándose. El caso Chino me recuerda a un gran amigo, que le decía a su novia que debía ser razonable y hacer lo que él decía.

»La comunidad Europea sí es algo más parecido a los Estados Unidos, pero, como dices, corre el riesgo de nunca consolidarse por intereses de grupos.

Bandera de Venezuela en pared de bloques.
Bandera de Venezuela en pared de bloques.

Imagen de David Peterson en Pixabay

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