—El que propusiste es un tema muy amplio y que llevo en la sangre. Yo soy como Europa: latino, árabe, germano, normando y turco.  Soy hijo de una madre española, andaluza, y un padre alemán, descendiente de alemanes y turcos. En dos generaciones soy la mezcla de tres culturas distintas, ni siquiera de naciones.  Y, aunque en mi hogar esas culturas se han unido y han convivido con amor y respeto, en el continente ha parecido imposible. Y digo que ha parecido porque no es del todo cierto. El mejor ejemplo es que yo existo. La amplitud de criterios, aunque muy lento para mi gusto, permea en las sociedades y pasan a ser parte de la cultura.

»Si yo imagino un paraíso en la tierra sería el que pensaron que habían descubierto los reyes católicos de España: el Caribe. He visitado a tu país, Jorge. En mi época de universitario, cuando podía me iba al paraíso.

Egbert  se recostó con una cara que demostraba cómo disfrutaba esos recuerdos. Para narrarlos, utilizó algunas palabras en español venezolano que luego explicaban a Huang.

»Rumbeé en Margarita, bailé tambores en Choroní, buceé en Mochima, caminé desnudo por cayos vacíos en los Roques.  Dormí en lanchas y yates de desconocidos en Morrocoy. Por mi físico y porque hablo perfecto español, allá podía ser venezolano, árabe, italiano, español, judío o musulmán. Pero, lo mejor, es que a nadie le interesaba. Era lo mismo. Y si hubiera sido rubio, ojos azules, hubiera sido igual. Conocí muchos de ellos que tocaban cuatro y bailaban joropo. Y eso también lo viví en la costa de Colombia y en sus islas. En República Dominicana y en Aruba…En el Caribe. Pero eso también necesito mucho tiempo y guerras sangrientas de ajustes de cuentas. No ocurrió de la noche a la mañana.

»Siempre he pensado que los Europeos somos unos idiotas. Sobre todo los españoles, Enrique, perdóname que te lo diga: descubrieron la tierra más rica de nuestro planeta y la conquistaron. Luego se olvidaron de ella y de sus familiares. Y  lo peor es que en historia reciente, como tú mismo explicas, se dividen en comunidades, llamadas naciones, que quieren separarse entre ellas, pero que a la vez quieren formar parte de la Unión Europea. Me imagino que es porque saben que la Unión es la que ha ayudado en gran medida la modernización de la economía de tu país, y porque aporta gran cantidad de subvenciones para mantener algunas de sus industrias.

Enrique ni se ofendió. Compartía ese juicio.

—¿Cuál es tu apellido, Jorge?

—Rodríguez, con zeta. De origen español, no portugués— explico Jorge.

—¿Y el segundo?

—Álvarez, también español. Los originales viajaron desde las Canarias en el siglo diecinueve. Y los siguientes son de origen portugués, español y corso. Pero algunos de mis antepasados llegaron hace siglos a Venezuela y se mezclaron. También tengo sangre negra y Caribe. Como decimos en Venezuela, ahí el que no dispara un arco toca tambor. Pero entiendo a dónde quieres llegar. Y para darle más apoyo a tu idea, te diré que mi bisabuela era española, de la Rioja, y descubrimos que tenía parientes en común con la mamá de Enrique. Terminamos siendo parientes lejanos.

Egbert sonrió mientras asentía, porque al final todos somos parientes lejanos.

—El objetivo que propones me encanta, Enrique. Pero hay que ser responsables en su ejecución.

Se sentó y apoyó su mejilla sobre la cresta del ángulo que formaban sus antebrazos apoyados en el escritorio.

»Hay una pregunta que siempre le hago a mis posibles sucesores: ¿Un migrante en una embarcación, que viaja con su esposa y tres hijos, y que se lanza al agua para rescatar a otro niño que se ahoga, es un héroe o un irresponsable?  

—Un irresponsable —respondió Huang, sin pensarlo mucho.

—De acuerdo —continuó Jorge.

Todos quedaron a la espera de Enrique, que tardo un poco más.

—Sí, lamentablemente. Es un irresponsable. Pone en riesgo la vida de cinco personas en vez de la de una sola.

—Correcto. Y no es una situación hipotética. La viví cuando empezaba en el mundo del transporte de ilegales a  Europa. En este caso el hombre quiso ser un héroe y se convirtió en un irresponsable. Él murió, igual que el niño que trató de rescatar, y su familia quedó a la merced de las hienas que formaban parte de la tripulación a la que yo apenas me integraba. Terminaron vendiéndolos como esclavos. Y yo decidí no repetir el error del hombre. Decidí no intervenir, porque eso hubiera significado el fin de mi excipiente carrera como espía y probablemente de mi vida, así como mis logros posteriores que le han salvado la vida a cientos de personas. Así que su decisión ha podido costar más que las cinco vidas de las que hablabas, Enrique. Supongo que, de haber tenido esos genes egoístas que mencionas, ese señor se hubiera quedado a proteger a los suyos. Hubiera hecho lo correcto, según la opinión de esta sala y de nuestra programación animal.

—Y por no tenerlos murió y probablemente sus genes nunca se reproduzcan, tomando en cuenta el presente que deben vivir sus hijos —intervino Huang, Y todos se quedaron pensando un rato esa afirmación.

—No digo que esos genes estén equivocados. Lo que digo es que el que sean menos agresivos o simplemente podamos controlarlos nos ha permitido  lograr el desarrollo humano. Que la etapa en que ellos rigieron la formación de grupos humanos que competían y guerreaban entre sí ya debemos dejarla en el pasado. Disculpa que te interrumpa, Egbert         —intervino Enrique.

—No te preocupes. Estamos aquí para eso. Como les decía, me encantaría que en Europa, en el mundo, quiero decir, ni nos pasara por la cabeza preguntaros el origen o la religión del que está entrando en un local. Y no por ser un destino turístico, que significa intereses económicos, sino porque no nos interese, como he visto que pasa en el Caribe. Que, como allá, haya la tolerancia suficiente para que convivan en armonía personas de diferentes religiones. Para que el color más común de piel sea el latino, que puede significar decenas de tonalidades. Donde los judíos hacen negocio con los musulmanes, y los cristianos ni piensan que hay alguien distinto a ellos. Y cuando se dan cuenta de alguna diferencia, no se separan; se acercan por pura curiosidad, porque quieren aprender. Me encantaría que los distintos grupos afrontaran la vida con alegría y no con odio, como si tuvieran la necesidad de cobrarle sus penurias a otra persona.

Se detuvo un momento para tomar un sorbo de agua.

»Pero hay que ser responsables. Primero tenemos que unir Europa, en nuestro caso, Huang, para después tratar de unir el mundo. Sólo en Europa hay demasiadas diferencias que hace imposible que nos integremos en corto tiempo. Muchos  estados de Europa Oriental están muy lejos de lograr las     garantías políticas y económicas que en las naciones desarrolladas son irrenunciables. En Alemania hay muchos migrantes de esas naciones que viven en peores condiciones que los ilegales. La disciplina fiscal y el control de los gastos sociales es algo muy difícil de lograr en los países del mediterráneo. Sumado a la corrupción, que parece imposible que desaparezca. El nivel de vida en países como Rumanía se parece más a los de algunos países latinoamericanos y de África que a los Francia o Alemania.

—¿Y no mencionas a Reino Unido? —interrumpió Huang, que seguía con un tono defensivo.

—Reino unido ya no es parte de la Unión Europea, aunque sigan en el tira y encoge de que se quedan y de que se van. Creo que es un gran error. El problema reside es que ellos nunca han visto la Unión como un proyecto político, sino como uno puramente económico.

—O quizás ya simplemente estén cansados de tener ellos que poner gran parte del dinero para financiar ese cambio y no ven que muchas naciones se enserien —interrumpió Jorge.

—Hay muchas razones. A mí, por ejemplo, me molesta el inmenso costo burocrático de la Unión sumado al de los gobiernos nacionales. Los controles de producción de algunas regiones para favorecer el desarrollo de otras que, gracias al apoyo de esos controles, no terminan de hacerse eficientes y rentables. Y lo peor es que a algunas les encanta disponer de todo el mercado europeo y disfrutar las subvenciones de la Comunidad, aunque digan que son independentistas. Todas esas críticas son válidas. A lo mejor la posición del Reino Unido es que los países que quieren pertenecer a la Comunidad o permanecer en ella son los que tienen que hacer el esfuerzo, y no los que ya pertenecen en pleno derecho y la financian. Que debe ser como pertenecer a un club, donde si no reúnes las condiciones exigidas no puedes ser socio.

»Alemania, que es el otro gran contribuyente de la  Comunidad, podría asumir la misma posición. Creo que no lo hace porque sabe que, a futuro, sería un error. El desbalance entre las naciones se crearía una sociedad insostenible, lo que causaría conflictos inimaginables y le permitiría la entrada a la influencia de naciones que no piensan, precisamente, en     beneficiar a Europa. Además, se limitaría el mismo crecimiento económico de las naciones del norte. El mayor mercado para cualquier país de Europa es la Comunidad. Si los países del Mediterráneo y de Europa Oriental mejoran su situación económica y social el tamaño de ese mercado aumenta muchísimo. Además, nunca sabes qué pueden decidir, de la noche a la mañana, Los Estados Unidos o China. Necesitamos  generar un mercado que produzca y consuma nuestros productos, o dependeremos eternamente de mercados externos. China lleva rato haciéndolo y le ha ido muy bien. Para querer que la      Comunidad funcione no hay que soñar con el paraíso de una integración social. Basta querer que te vaya bien para que a mí me vaya mejor.

»Cuenta conmigo,  pero siempre que seamos responsables y no ciegamente idealistas —finalizó Egbert.

Foto de Maheshkumar Painam en Unsplash

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