Una Biografía que sigo escribiendo

El niño de la selva

     Apurado, y con el cordón apretándome el cuello, Nací en Caracas, Venezuela, el 12 de noviembre de 1966.

     A los pocos meses me llevaron a Puerto Ordaz, Ciudad Guayana, donde ya residían mis padres. Ahí crecí en un mundo casi perfecto. La ciudad mejor planificada de Venezuela, todavía la llaman, creció alrededor de un campamento estadounidense construido por la Orinoco Mining Company y dentro de unos de los proyectos más importantes de la recién lograda democracia venezolana.

bautizo de Obdulio Álvarez

En mi bautizo, con mi tía Ada y mi tío Gonzalo. Nací con el pelo rojo. Un símbolo de buena fortuna en algunas civilizaciones antiguas.

El Parque Cachamay queda detrás del colegio donde estudié. Foto de Álex Lanz en Fickr

     Mis primeros destellos de memoria se ubican en la cocina de la casa de Campo B, peleando con María, la señora que trabajaba en la casa, para que me tragara el bocado que pasaba de un cachete para el otro. Tendría unos tres o cuatro años. Recuerdo que me decía: —si no te comes todo, los restos te los servirán en la cena.

     También recuerdo el camión de fumigación de la Orinoco Mining Company, que pasaba todas las semanas y que, además, limpiaba las calles. Los jardines inmensos de las casas, el Club Caronoco y su campo de golf, la fiesta de disfraces en el pre kínder Popeye (me vistieron de Supermán), lo fastidioso del Kínder Rosina. Recuerdo especialmente mi primer día en el preparatorio del Colegio Loyola Gumilla. El olor del colegio todavía lo tengo grabado. Sigue siendo una obra fantástica, diseñado por uno de los premios de arquitectura de Venezuela.

foto aérea colegio loyola gumilla

Vista aérea del Colegio Loyola Gumilla. El terreno pelado, a la izquierda, es el último campo de fútbol de primaria. Inmediatamente le sigue el Parque Loefling

El Parque Zoológico Loefling tiene algo de la fauna guayanesa

interior iglesia colegio loyola gumilla

Interior de la iglesia del Colegio. Detrás del altar había un jardín interior. Cuando llovía, detrás del cristo caía el agua y lo regaba. Era mágico. 

     Hijo de dos médicos, como ya podrán entender, crecí en un mundo de privilegios cuyo límite, si se puede llamar así, era lo aislado y alejado que mi pueblo se encontraba del resto de la civilización. Puerto Ordaz está entre el Río Orinoco y el Río Caroní, al sur de Venezuela y al lado de la Gran Sabana, uno de los parajes más antiguos del planeta. La televisión llegó, en blanco y negro y con una semana de retraso en la transmisión, cuando ya tenía cerca de 6 años. Cuando ya el hombre había llegado a la luna, en Puerto Ordaz se escuchaba la radio. Recuerdo a los locutores promocionando Martín valiente, el ahijado de la muerte. Recuerdo los efectos de sonido del galopar de los caballos; a María cantando canciones de Los Terrícolas y de Los Ángeles Negros, mientras planchaba.

     No crecí viendo cómo ocurría la vida dentro de una caja. Tuve que vivirla y, en los demasiado largos períodos de tedio y silencio, soñarla o leerla en cuentos, suplementos que venían con los periódicos o en un cómic. Porque en Puerto Ordaz sí había varias librerías. Recuerdo una en el Centro Cívico, la Librería Internacional, donde se encontraban revistas y libros en inglés, francés, alemán e italiano.

     Puerto Ordaz era un pueblo lleno de profesionales y técnicos de diferentes partes del mundo. Grandes recuerdos de mi infancia ocurren en casa de Raymond y Ludwik Jansen. Ella francesa y él alemán, vivían en Palúa, un campamento de la Iron Mining Company al otro lado del Caroní, en San Félix. Su casa estaba al lado del río Orinoco, llena de libros, revistas, lienzos, pinceles y tubos de pintura. Ludwik era un excelente pintor, que me enseñó los principios de la pintura con óleo.

     Después de ese período casi eterno de la primera infancia, como a los 7 ó 8 años, cambió mi vida un viaje que hicimos por carretera a Mérida, en Los Andes venezolanos. Para que no me fastidiara en las eternas jornadas dentro del vehículo, mi papá me dio varias de esas novelas cortas de vaquero, de Marcial Lafuente Estefanía, que se compraban en las estaciones de servicio de la carretera. Me las leí todas antes de llegar a nuestro destino y pedí más, para el regreso. Ese aperitivo provocó que, ya en Puerto Ordaz, agarrara mi primera novela seria: Tarzán, a la que le siguieron las de Salgari y Jack London.

     Para mi tumultuosa pubertad y adolescencia, ya el leer novelas era parte de mi vida. Las obras de Robert Ludlum, Dominic Lapierre y Larry Collins, Trevanian, Lawrence Sanders y James Clavell llenaron muchas de las silenciosas tardes de Puerto Ordaz. Para esa época ya había empezado a leer a autores como Carlos Castaneda, algo de filosofía y textos zen. 

Caracas siempre verde

Panorámica de Caracas. Foto propiedad de Hiddendaemian que puede encontrar en: https://www.flickr.com/people/48158988@N04

El adolescente ignorante y El publicista

     Como en Puerto Ordaz no había universidades, a los 17 años me fui a estudiar a Caracas, en la Universidad Católica Andrés Bello.

     Ese período de estudiante, que ahora añoro, no lo viví. Al llegar a Caracas, lejos de dedicarme a los estudios me dedique a esconderme de mis responsabilidades. También tuve un accidente de tránsito que me dejó en coma y en recuperación por casi un año.

     Al recuperarme, después de algunos tumbos en trabajos y carreras que no me interesaron, entre en comunicación social, también en la Universidad Católica Andrés Bello.

     Aunque había cambiado la carrera, no había cambiado el personaje: entraba a muy pocas clases, y me quedaba en el cafetín perdiendo el tiempo. Estudiaba porque era lo que debía hacer, no porque estuviera convencido de su importancia o lo disfrutara (a pesar de que seguía leyendo en investigando diferentes temas como un poseso).

     El segundo año, mientras hacía una pasantía en una agencia de publicidad de mediano tamaño, una de las directoras creativas solicitó que me contrataran como su redactor creativo. Decidí aceptar el trabajo y dejar la Universidad, que sólo tenía clases nocturnas los dos últimos años de carrera.

     Así empezó mi meteórica carrera de creativo publicitario, que me llevó a ser director creativo de una importante agencia de publicidad a los 24 años, y dueño de una propia a los 29. A recibir reconocimientos y nominaciones a premios.

     Al llegar a los 38 años, mi visión era que Venezuela se iba a ir al diablo por un gobierno cada vez más populista y autoritario; que debía conseguir la manera de tener ingresos en otra moneda. Vendí mis acciones en la Compañía y desarrollé un proyecto en internet, que después de un año de desarrollo e inversiones se fue al traste por las irresponsables y populistas decisiones financieras del gobierno.

plaza venezuela
Plaza Venezuela en Caracas
Imagen de Jorge Guzman en Pixabay
Cantro de caracas
Vía al Centro de Caracas

Campaña que creé como director ceativo de 67 Publicidad, que conseguí en Youtube.

El opositor

     Aunque un poco deprimido, desdeñé lo sucedido y me dije que ya algo aparecería. Seguí con mi tren de vida y mis gastos como si nada hubiera ocurrido. Mientras tanto ofrecí mis servicios como creativo freelance a mis anteriores socios y a otras agencias de publicidad. Algunas compañías pequeñas, inclusive, me ofrecieron sociedad por nuevos clientes ganados en licitaciones. 

     Aunque ya había colaborado en procesos electorales para tratar de sacar a Chávez, paralelo a los trabajos freelance me dediqué de lleno a la organización de nuevos procesos, intentos de revocatorios, marchas, protestas y todo lo vivido en esa época en Venezuela.

     Eso consumió mi dinero, mi tiempo y mi paciencia. Esta última se derramó cuando visité a un cliente por el que habíamos licitado, un laboratorio médico transnacional. El presidente de la compañía nos dijo que le había encantado mi campaña, que quería montar los bocetos para colocarlos en su oficina, pero que no iban a producirla, porque la Compañía se iba de Venezuela.

Protestas en Caracas

SOS Venezuela 31 de Carlos Tellez en Flickr

Protestas al referéndum constitucional Vernezolano

Protestas por el NO al referéndum constitucional, Venezuela, 2007 de Carlos Adampol Galindo en Flickr

amanecer en cimarrón
Un amanecer viendo Los Frailes

Sin salida, pero llegamos

     Cuando me había descapitalizado y se estaba cumpliendo la profecía que había hecho,  pero que no había tomado muy en serio, decidí vender mi apartamento en Caracas y montar una franquicia en la Isla Margarita. 

     Por supuesto, fue imposible, porque el régimen siguió tomando medidas para destruir el capital de los venezolanos.

     Ahí empezó un duro aprendizaje. Hice de todo: importé equipos de electrónica, vendí productos usados en un galpón, trabajé de asistente para un amigo, distribuí alimentos y hasta trabajé en restaurantes.  Tratando de sobrevivir, como la mayoría de los residentes de este país. En esa etapa empecé a escribir mi primera novela: CICPC San Félix. Tengo varios capítulos y en algún momento terminaré.

     Al final acepté que no tenía ningún sentido emprender actividades económicas en Venezuela, así que empecé a ofrecer mis servicios como redactor, escritor fantasma y publicista freelance en las plataformas que existen en la web. Por un tiempo me fue relativamente bien. Pero todo eso acabó cuando la única empresa de telecomunicaciones fijas que había, que el gobierno socialista había expropiado, colapsó por la corrupción, mediocridad y desinterés. De la noche a la mañana me quedé sin teléfono y sin internet, sin la posibilidad de continuar trabajando. 

     Adicionalmente, nos estafaron en la reparación del único elevador que quedaba operativo en el edificio donde tengo mi apartamento y tuve que mudarme: el apartamento está en el piso 7 y mi padre, que vive conmigo, para aquel momento tenía 88 años.

     Vivimos como nómadas, brincando del apartamento vacacional de una prima, al de un tío y al de una amiga. Anda para allá y devuélvete para acá. A pesar de la ansiedad que me causaba, nunca podré agradecerles debidamente toda la ayuda que nos dieron. Me ví sin salidas, y entonces empecé a escribir Creador de Espías, varios cuentos y dos nuevas novelas que culminaré próximamente.   

     Después vino el COVID, se llevó a muchos conocidos y la mínima pisca de esperanza que quedaba.

     Y cuando parecía imposible seguir adelante, logramos vender en un precio razonable una propiedad y financiar la publicación de mi primera novela: Creador de Espías.

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